Espanhol — CACD 2015

CEBRASPE · CACD – 3ª fase (Espanhol e Francês) · 100 itens · julgue cada item como Certo ou Errado

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1. Rosendo Maqui y la comunidad

1¡Desgracia! Una culebra ágil y oscura cruzó el camino, dejando enel fino polvo removido por los viandantes la canaleta leve de4su huella. Pasó muy rápidamente, como una negra flechadisparada por la fatalidad, sin dar tiempo para que el indioRosendo Maqui empleara su machete. Cuando la hoja de acero7fulguró en el aire, ya el largo y bruñido cuerpo de la serpienteondulaba perdiéndose entre los arbustos de la vera. ¡Desgracia!10Rosendo guardó el machete en la vaina de cuerosujeta a un delgado cincho que negreaba sobre la coloreadafaja de lana y se quedó, de pronto, sin saber qué hacer. Quiso13al fin proseguir su camino, pero los pies le pesaban. Se habíaasustado, pues. Entonces se fijó en que los arbustos formabanun matorral donde bien podía estar la culebra. Era necesario16terminar con la alimaña y su siniestra agorería. Es la forma deconjurar el presunto daño en los casos de la sierpe y el búho.Después de quitarse el poncho para maniobrar con más19desenvoltura en medio de las ramas, y las ojotas para no hacerbulla, dio un táctico rodeo y penetró blandamente, machete enmano, entre los arbustos. Si alguno de los comuneros lo22hubiera visto en esa hora, en mangas de camisa y husmeandocon un aire de can inquieto, quizá habría dicho: «¿Qué hace ahíel anciano alcalde? No será que le falta el buen sentido». Los25arbustos eran úñicos de tallos retorcidos y hojas lustrosas,rodeando las cuales se arracimaban —había llegado eltiempo— unas moras lilas. A Rosendo Maqui le placían, pero28esa vez no intentó probarlas siquiera. Sus ojos de animal enacecho, brillantes de fiereza y deseo, recorrían todos losvericuetos alumbrando las secretas zonas en donde la hormiga31cercena y transporta su brizna, el moscardón ronronea su amor,germina la semilla que cayó en el fruto rendido de madurez odel vientre de un pájaro, y el gorgojo labra inacabablemente su34perfecto túnel. Nada había fuera de esa existencia escondida.De súbito, un gorrión echó a volar y Rosendo vio el nido,acomodado de un horcón, donde dos polluelos mostraban sus37picos triangulares y su desnudez friolenta. El reptil debía estarpor allí, rondando en torno a esas inermes vidas. El gorriónfugitivo volvió con su pareja y ambos piaban saltando de rama40en rama, lo más cerca del nido que les permitía su miedo alhombre. Éste hurgó con renovado celo, pero, en definitiva, nopudo encontrar a la aviesa serpiente. Salió del matorral y43después de guardarse de nuevo el machete, se colocó lasprendas momentáneamente abandonadas —los vivos coloresdel poncho solían, otras veces, ponerlo contento— y continuó46la marcha. ¡Desgracia! Tenía la boca seca, las sienes ardientes y se sentía49cansado. Esa búsqueda no era tarea de fatigar y considerándolotuvo miedo. Su corazón era el pesado, acaso. Él presentía,sabía y estaba agobiado de angustia. Encontró a poco un52muriente arroyo que arrastraba una diáfana agüita silenciosa y,ahuecando la falda de su sombrero de junco, recogió lasuficiente para hartarse a largos tragos. El frescor lo reanimó55y reanudó su viaje con alivianado paso. Bien mirado —sedecía—, la culebra oteó desde un punto elevado de la ladera elnido de gorriones y entonces bajó con la intención de58comérselos. Dio la casualidad de que él pasara por el caminoen el momento en que ella lo cruzaba. Nada más. O quizá,previendo el encuentro, la muy ladina dijo: «Aprovecharé para61asustar a ese cristiano». Pero es verdad también que lacondición del hombre es esperanzarse. Acaso únicamente laculebra sentenció: «Ahí va un cristiano desprevenido que no64quiere ver la desgracia próxima y voy a anunciársela».Seguramente era esto lo cierto, ya que no la pudo encontrar. Lafatalidad es incontrastable.67¡Desgracia! ¡Desgracia! Rosendo Maqui volvía de las alturas, a donde fue conel objeto de buscar algunas yerbas que la curandera había70recetado a su vieja mujer. En realidad, subió también porquele gustaba probar la gozosa fuerza de sus músculos en la luchacon las escarpadas cumbres y luego, al dominarlas, llenarse los73ojos de horizontes. Amaba los amplios espacios y la magníficagrandeza de los Andes. Gozaba viendo el nevado Urpillau,canoso y sabio como un antiguo amauta; el arisco y violento76Huarca, guerrero en perenne lucha con la niebla y el viento; elaristado Huilloc, en el cual un indio dormía eternamente decara al cielo; el agazapado Puma, justamente dispuesto como79un león americano en trance de dar el salto; el rechoncho Suni,de hábitos pacíficos y un poco a disgusto entre sus vecinos; eleglógico Mamay, que prefería prodigarse en faldas coloreadas82de múltiples sembríos y apenas hacía asomar una arista depiedra para atisbar las lejanías; éste y ése y aquél y esotro… Elindio Rosendo los animaba de todas las formas e intenciones85imaginables y se dejaba estar mucho tiempo mirándolos. Enel fondo de sí mismo, creía que los Andes conocían elemocionante secreto de la vida.

Ciro Alegría. El mundo es ancho y ajeno.

  1. 1.

    De acuerdo con el escrito, Rosendo era un gestor municipal de avanzada edad.

  2. 2.

    Según el escrito, en cuanto bebió agua del regato, continuó el camino de un modo aligerado.

  3. 3.

    Según el texto, el ofidio ayudó al personaje andariego a seguir su camino.

  4. 4.

    En «recogió la suficiente para hartarse» (R. 53 y 54), el vocablo «la», sustituye la angustia que Rosendo llevava consigo.

    Item anulado pela banca

  5. 5.

    A partir del fragmento expuesto, la cumbre Mamay era la que más prodigaba la vida en la urbe.

  6. 6.

    En función del texto anterior, la búsqueda del reptil al indio le produjo en su corazón cansancio y temor.

  7. 7.

    A partir del fragmento expuesto, la cumbre Urpillau nos trae a la memoria a un erudito canoso.

  8. 8.

    Con base en la obra presentada, los vecinos de Rosendo, al verlo entre los arbustos, consideraron que al frente de su comunidad se encontraba un héroe avezado.

  9. 9.

    Según el escrito, se puede dominar la desdicha.

  10. 10.

    A partir del fragmento expuesto, la cumbre Puma se muestra al acecho.

  11. 11.

    En función del texto anterior, la búsqueda del reptil al indio le llevó a que tardara en aplacar su sed.

  12. 12.

    Con base en la obra presentada, Rosendo se alegró con los radiantes colores de las ropas antes de reanudar la marcha.

  13. 13.

    En función del texto anterior, la búsqueda del reptil al indio le dejó extenuado y con calor en las mejillas.

  14. 14.

    De acuerdo con el escrito, Rosendo consideraba que tanto la lechuza como la cobra anunciaban el azar.

  15. 15.

    Con base en la obra presentada, a lo mejor la cobra atravesó la senda en busca de sustento.

  16. 16.

    Según el escrito, la serpiente no escudriñó desde un valle el nido de los pardales.

  17. 17.

    En «recogió la suficiente para hartarse» (R. 53 y 54), el vocablo «la», se puede sustituir por el agüita.

  18. 18.

    Según el texto, el ofidio alcanza el deceso con ayuda del regidor.

  19. 19.

    A partir del fragmento expuesto, la cumbre Suni vivía en armonía con sus homólogas.

  20. 20.

    Con base en la obra presentada, la extrema sensibilidad del protagonista le permitía contemplar los más mínimos detalles de la flora y de la fauna.

  21. 21.

    De acuerdo con el escrito, Rosendo caminaba con un alfanje.

  22. 22.

    Según el texto, el ofidio lustraba unas manchas tostadas.

  23. 23.

    En «recogió la suficiente para hartarse» (R. 53 y 54), el vocablo «la», se refiere a la falda.

  24. 24.

    En función del texto anterior, la búsqueda del reptil al indio le supuso una acción fugaz y somera.

  25. 25.

    Según el texto, el ofidio dejaba su rastro sobre los transeúntes.

  26. 26.

    En «recogió la suficiente para hartarse» (R. 53 y 54), el vocablo «la», no reemplaza nada.

  27. 27.

    Según el escrito, después de andar tras la alimaña, el indio no perdió su sombrero.

  28. 28.

    De acuerdo con el escrito, Rosendo contempló con deleite el armonioso serpenteo de la cobra.

NOTAS SOBRE LA LECCIÓN DE LA ANTIPOESÍA

1. En la antipoesía se busca la poesía, no la elocuencia.

2. Los antipoetas deben leerse en el mismo orden en que fueron escritos.

3. Hemos de leer con el mismo gusto los poemas que los Antipoemas.

4. La poesía pasa – la antipoesía también.

5. El poeta nos habla a todos sin hacer diferencia de nada.

6. Nuestra curiosidad nos impide muchas veces gozar plenamente la antipoesía por tratar de entender y discutir aquello que no se debe.

7. Si quieres aprovechar, lee de buena fe y no te complazcas jamás en el nombre del literato.

8. Pregunta con buena voluntad y oye sin replicar la palabra de los poetas: no te disgusten las sentencias de los viejos pues no las profieren al acaso.

9. Saludos a todos.

Nicanor Parra. Hojas de Parra.

  1. 29.

    Sobre la base del texto presentado, el antipoeta se rige por la labia.

  2. 30.

    Sobre la base del texto presentado, el antipoeta al no utilizar la gracia en el hablar es fecundo.

  3. 31.

    Del texto se puede inferir que la antipoesía es perenne.

  4. 32.

    Según el texto, la senectud lleva a dictaminar al azar.

  5. 33.

    Según el texto, para aprovechar la antipoesía se necesita conocer al autor del antipoema.

  6. 34.

    Según el texto, para aprovechar la antipoesía se requieren buenas intenciones.

  7. 35.

    Del texto se puede inferir que la antipoesía se dirige a una inmensa minoría.

  8. 36.

    Según el texto, para aprovechar la antipoesía es necesario discutir lo que no se acepta.

  9. 37.

    Del texto se puede inferir que tanto la antipoesía como la poesía son incesantes.

  10. 38.

    Según el texto, los vetustos hablan sin pensar.

  11. 39.

    Del texto se puede inferir que la poesía es caduca.

  12. 40.

    Sobre la base del texto presentado, el antipoeta ha de ser leído con el mismo agrado que un poeta.

  13. 41.

    Según el texto, en alguna ocasión los apotegmas de los ancianos han de enfurruñarte.

  14. 42.

    Según el texto, para aprovechar la antipoesía es imprescindible buscar en la duda el enriquecimiento.

  15. 43.

    Según el texto, es en la longevidad cuando se emiten máximas sabrosas después de haberlas rumiado.

  16. 44.

    Sobre la base del texto presentado, el antipoeta escribe esperando que no alteren el orden de su obra.

1Puedo escribir los versos más tristes esta noche.Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,y tiritan azules, los astros, a lo lejos.»4El viento de la noche gira en el cielo y canta.Puedo escribir los versos más tristes esta noche.Yo la quise, y a veces ella también me quiso.7En las noches como esta la tuve entre mis brazos.La besé tantas veces bajo el cielo infinito.Ella me quiso, a veces yo también la quería.10Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.Puedo escribir los versos más tristes esta noche.Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.13Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.16La noche está estrellada y ella no está conmigo.Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.Mi alma no se contenta con haberla perdido.19Como para acercarla mi mirada la busca.Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.22Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.25De otro, será de otro. Como antes de mis besos.Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.28Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,mi alma no se contenta con haberla perdido.31Aunque este sea el último dolor que ella me causa,y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda. Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

  1. 45.

    En el poema presentado, el poeta acerca a su amada con el pretérito perfecto compuesto.

  2. 46.

    El vocablo «rocío» (v.14) se puede sustituir, sin cambio semántico, por escarcha.

  3. 47.

    De acuerdo con el verso veinticinco, para el vate él tiene contacto con ella.

  4. 48.

    El momento en el que el poeta escribe sus sentimientos es despejado.

  5. 49.

    El vocablo «rocío» (v.14) se puede sustituir, sin cambio semántico, por llovizna.

  6. 50.

    El vocablo «la», en «guardarla» (v.15), sustituye al alma.

  7. 51.

    En el poema presentado, el poeta habla de lo que va a suceder utilizando el futuro simple.

  8. 52.

    El vocablo «la», en «guardarla» (v.15), sustituye la noche inmensa.

  9. 53.

    El vocablo «rocío» (v.14) se puede sustituir, sin cambio semántico, por calabobos.

  10. 54.

    El vocablo «tiritan» (v.3) se puede sustituir, sin que signifique un cambio semántico, por alcahuetean.

  11. 55.

    En función de los versos séptimo y octavo, el romance descrito es un hecho premonitorio.

  12. 56.

    En función de los versos séptimo y octavo, el romance descrito es algo muy reciente.

  13. 57.

    De acuerdo con el verso veinticinco, para el vate ella va a compartir su amor con otra persona.

  14. 58.

    De acuerdo con el verso veinticinco, para el vate ella, a lo mejor, tiene otro compañero.

  15. 59.

    De acuerdo con el verso veinticinco, para el vate ella está con otra persona.

  16. 60.

    En el poema presentado, el poeta encuentra a su enamorada y la recuerda con el pretérito imperfecto.

  17. 61.

    El vocablo «rocío» (v.14) se puede sustituir, sin cambio semántico, por chuzos.

  18. 62.

    El vocablo «la», en «guardarla» (v.15), indica la persona del verbo.

  19. 63.

    El vocablo «tiritan» (v.3) se puede sustituir, sin que signifique un cambio semántico, por opositan.

  20. 64.

    El vocablo «tiritan» (v.3) se puede sustituir, sin que signifique un cambio semántico, por estremecen.

  21. 65.

    El vocablo «tiritan» (v.3) se puede sustituir, sin que signifique un cambio semántico, por relinchan.

  22. 66.

    El momento en el que el poeta escribe sus sentimientos es céfiro.

  23. 67.

    El momento en el que el poeta escribe sus sentimientos es huracanado.

  24. 68.

    En el poema presentado, el poeta busca en el pasado a su amada con el pretérito perfecto simple.

  25. 69.

    El momento en el que el poeta escribe sus sentimientos es nublado.

  26. 70.

    El vocablo «la», en «guardarla» (v.15), sustituye a la amada.

  27. 71.

    En función de los versos séptimo y octavo, el romance descrito es imaginario.

  28. 72.

    En función de los versos séptimo y octavo, el romance descrito tuvo lugar hace mucho tiempo.

Alcobaça

Llegué desde Lisboa a la estación de Valado, ya de noche, y de Valado a Alcobaça me llevó un desvencijado cochecillo. Distraje el frío y la soledad imaginándome lo que sería aquel camino envuelto entonces en tinieblas: ¿por dónde vamos?

Y fue en un hermoso amanecer de fines de noviembre, en verdadero veranillo de San Martín, cuando salí a ver el histórico monasterio de Alcobaça, cenobio de bernardos en un tiempo.

Doraba el arrebol del alba las colinas, yendo yo derecho al monasterio, la fachada de cuya iglesia atraía mi anhelo. Esta fachada, severa, pero poco significativa, se abre a una gran plaza tendida a toda luz y todo aire. Al entrar en el templo, me envolvió una impresión de solemne soledad y desnudez. La nave, muy noble, flanqueada por sus dos filas de columnas desnudas y blancas; todo ello algo escueto y algo robusto. Allá, en el fondo, un retablo deplorable, con una gran bola azul estrellada y de la que irradian rayos dorados. Las naves laterales semejan desfiladeros. Y me encontraba solo, y rodeado de majestad, como bajo el manto de la Historia.

Vagando fui a dar a la sala de los Reyes. Los de Portugal figuran en estatuas, a lo largo de sus paredes. En el centro, un papa y un obispo coronan a Alfonso Henriques, el fundador de la Monarquía, arrodillado entre ellos. Hay en la sala un gran calderón, que el inevitable guardián-cicerone, que acudió al oír resonar en la soledad pasos, me dijo haber sido tomado a los castellanos en Aljubarrota. Me asomé a su brocal; estaba vacío.

De esta sala pasé al claustro de Don Dionís, hoy en restauración. Hermoso recinto, nobilísimo y melancólico. El agua de la fuente canta la soledad de la Historia entre las piedras mudas de recuerdos, y un pájaro cruza el pedazo de cielo limpio, de caída de otoño, cantando ¿quién sabe a qué? Las piedras se miran en la triste verdura del recinto.

Y luego pasé a ver el otro claustro, más vivido, más casero, el llamado del Cardenal, donde hoy hay un cuartel de artillería. Todo el antiguo convento de monjes bernardos me lo enseñó un sencillo campesino con uniforme de soldado de artillería. El pobre mozo sólo veía allí el cuartel, sin saber nada de monjes. «Aquí hacemos el ejercicio, aquí es el picadero, aquí…», etc. En la puerta de lo que fue antaño biblioteca, decía aquello de los proverbios: viam sapientiae mostrabo, «te enseñaré el camino de la sabiduría». Y me la enseñó un recluta portugués, pero estaba vacía, y no era camino, sino sala. Quería luego enseñarme, ¡claro es!, las piezas, los cañones.

Me volví a la iglesia, ahora con el guardián. Mostrome el altar en que se representa la muerte de San Bernardo, escena algo teatral, que parece de un gran nacimiento de cartón, de esos de Navidad, pero no sin su efecto. Un fraile pétreo llora eternamente, llevándose el blanco manto a los ojos, no sé si la muerte de su santo padre San Bernardo o la trágica historia de Inés de Castro. Porque enfrente de este altar cierra una pobrísima verja de madera la capilla en que descansan por fin los restos de la infortunada amante de Don Pedro I.

Me llevó el guardián ante los túmulos de Don Pedro, de Inés y de sus hijos, y le pedí que se fuera dejándome solo. En mi vida olvidaré esta visita. En aquella severísima sala, entre la grave nobleza de la blanca piedra desnuda, a la luz apagada y difusa de una mañana de otoño, las brumas de la leyenda embozáronme el corazón. Una paz henchida de soledades parece acostarse en aquel eterno descansadero. Allí reposan para siempre los dos amantes, juguetes que fueron del hado trágico. Como aves agoreras veníanme a la memoria los alados versos de Camões al contemplar el túmulo de la

mísera e mesquinha que depois de ser morta foi rainha.

Porque el puro Amor que os corações humanos tanto abriga, quiere, áspero y tirano, bañar sus aras en sangre humana.

(Os Lusíadas, canto III, 118-119.)

Descansan en dos pétreos túmulos Pedro el duro, el cruel, el justiciero, el loco tal vez, y la linda Inés, y descansan de tal modo que si se incorporaran daríanse las caras y podrían otra vez más beberse uno al otro el amor en los ojos.

Seis alados angelillos guardan y sostienen la yacente estatua de Inés, y otros seis, la de Don Pedro; a los pies de ella duerme uno de los tres perrillos que hubo allí en otro tiempo, y a los pies de él, un gran lebrel, símbolo de la fidelidad. La tumba de él sostiénenla leones; la de ella, leones también, pero con cabezas de monjes. En las tablas del sepulcro de Inés, la pasionaria, esclava del amor, escenas de la Pasión de Cristo, del que perdonaba a la que mucho pecó por haber amado mucho; en la tabla cabecera, la Crucifixión, y en la de los pies el Juicio Final, en cuyo cielo hay una mujer. Las tablas del sepulcro de Don Pedro nos enseñan el martirio de San Bartolomé. Él, Don Pedro, con cara plácida con cabello y barbas a la asiria, sostiene su dura espada sobre su pecho.

Y pesa allí el aire de tragedia.

Allí está lo que queda de aquel Don Pedro I de Portugal, un loco con intervalos lúcidos de justicia y economía, como de él dijo Herculano; aquel hombre, para quien fue una manía apasionada la justicia, y que hacía de verdugo por su mano. Él, el adúltero, odiaba con odio singular a los adúlteros. ¿Sería el remordimiento? Allí descansa de sus justicias, de sus nemródicas cacerías; allí descansa, sobre todo, de sus amores. Allí descansa el tirano plebeyo, a quien adoró su pueblo. Cuando volvía en barcos de Almada a Lisboa, la plebe lisbonense salía a recibirle con danzas y trebejos. Desembarcaba e iba al frente de la turba, danzando al son de trompetas, como un rey David. Tales locuras apasionábanle tanto como su cargo de juez. Ciertas noches, en el palacio, perseguíale el insomnio; levantábase, llamaba a los trompeteros, mandaba encender antorchas, y helo por las calles, danzando y atronando todo con los berridos de las trompetas. Las gentes, que dormían, salían con espanto a las ventanas a ver lo que era. Era el rey. ¡Muy bien, muy bien! ¡Qué placer verle tan alegre!

¿No recordáis la historia trágica de sus amores con Inés, que Camões, más que otro poeta, ha eternizado? Allá hacia 1340 fue la linda Inés de Castro, la gallega, a Portugal como dama de la infanta Constanza, la mujer de Pedro, el hijo de Alfonso VI. Y fue la «mujer fatal», que diría Camilo. El hado trágico les hizo enamorarse; aquel amor ch’a null amato amar perdona, como dijo el poeta de La Divina Comedia. Tuvieron frutos de los trágicos amores; intrigas de Corte y de plebe hicieron que el rey Alfonso mandara matar a su nuera, pues viudo de Constanza, Pedro casó luego en secreto con Inés, que fue apuñalada en Coimbra.

As filhas do Mondego a morte escura longo tempo chorando memoraram, e, por memória eterna, em fonte pura as lágrimas choradas transformaram, o nome lhe puseram, que inda dura dos amores de Inês, que ali passaram. Vede que fresca fonte rega as flores, que lágrimas são a água e o nome Amores.

(Os Lusíadas, canto III, 135.)

Y cuando luego fue rey Pedro, cuenta la leyenda que mandó desenterrar a Inés y coronarla reina, y habiéndose apoderado de sus matadores, los torturó bárbaramente, viendo desde su palacio, mientras comía, en Santarém, cómo los quemaban. Y esto podéis leerlo en el viejo y encantador cronista Fernán Lopes, que nos lo cuenta todo homéricamente, con una tan animada sencillez, que es un encanto.

Nos lo cuenta todo menos lo de la exhumación y coronamiento, que parece ser leyenda tardía, pero muy bella. Y en el fondo, de una altísima verdad trascendente.

Esa pobre Inés, que reinó después de morir… Y ¡de morir por haber amado con amor de fruto, con amor de vida! ¡Qué reino y qué reina!... Reina, sí, reina en el mundo de las trágicas leyendas, consuelo de la tragedia de la vida; reina con Iseo, la de Tristán; reina con Francesca, la de Paolo; reina con Isabel, la de Diego.

Oliveira Martins. História de Portugal. libro II, capítulo III. Miguel de Unamuno. Por tierras de Portugal y de España.

  1. 73.

    Según la narración, para el escritor la fachada del monasterio es imponente y rococó.

  2. 74.

    De acuerdo con el texto, los túmulos de Don Pedro y de Doña Inés se sitúan de espaldas.

  3. 75.

    A partir de la narración, la visita del sepulcro de los enamorados le produjo al filósofo una gran angustia.

  4. 76.

    A partir de la narración, con la visita a un claustro podemos conocer la antigua morada de los monjes.

  5. 77.

    Con fundamento en el texto, Don Pedro I no era advertido por sus súbditos en las noches en las que salía discretamente a pasear por las calles.

  6. 78.

    Según el texto, históricamente, la dama de la infanta Constanza fue desenterrada y coronada reina.

  7. 79.

    De acuerdo con el texto, en los sepulcros de los amantes el visitante puede encontrar esculpida la misma especie de mamífero.

  8. 80.

    Según el texto, Doña Inés de Castro no tuvo una boda con mucha pompa.

  9. 81.

    De acuerdo con el texto, los sepulcros de Don Pedro y de Doña Inés son de madera noble.

  10. 82.

    De acuerdo con el texto, en el interior del templo sobrecoge su gran ornamentación.

  11. 83.

    Según el texto, la apolínea gallega Inés de Castro llegó a trabajar en la Corte de Portugal en 1340.

  12. 84.

    A partir de la narración, el guía que enseña la biblioteca del cenobio es un ávido conocedor de la literatura portuguesa.

  13. 85.

    Según el escrito, el narrador percibe los alrededores que le llevan hasta el monasterio.

  14. 86.

    De acuerdo con el texto, en la sala de los Reyes encontramos una reliquia para la Monarquía portuguesa, ¿no?

  15. 87.

    Según el escrito, el narrador visita el cenobio en el estío.

  16. 88.

    Según el escrito, el narrador en la última parte del recorrido, hasta el municipio, se siente a gusto con las condiciones climáticas.

  17. 89.

    Según la narración, al acercarse al monasterio en la aurora se puede percibir una blanca fachada.

  18. 90.

    De acuerdo con el texto, la visita de los tres claustros la realiza con distintos guías.

  19. 91.

    Según el texto, el rey Alfonso VI presionado manda matar a la amante de su hijo.

  20. 92.

    De acuerdo con el texto, las naves reciben al visitante con escasos atavíos mostrando grandeza.

  21. 93.

    Con fundamento en el texto, Don Pedro I fue para varios de sus historiadores un monarca justiciero y chalado.

  22. 94.

    Con fundamento en el texto, Don Pedro I llegó a ser un monarca tirano, odiado por su pueblo.

  23. 95.

    A partir de la narración, el túmulo de Don Pedro I lo introduce un enrejado lujoso.

  24. 96.

    Según el escrito, el narrador se acerca al destino en un carro que está para el arrastre.

  25. 97.

    Con fundamento en el texto, Don Pedro I en algunas ocasiones, al llegar a Lisboa caminaba entre la muchedumbre.

  26. 98.

    Según la narración, el visitante llega al lugar descrito por acaso.

  27. 99.

    De acuerdo con el texto, ninguno de los ángeles que sostienen las estatuas de los amantes tiene alas.

  28. 100.

    Según la narración, la plaza que está delante de la fachada sirve de cobijo para el visitante.

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